¡ya es suficiente!
Me cuesta silenciar sus voces, a
veces prefiero ignorarlas, buscando algo trivial para callarlas, un propósito,
algún grillete, una mordaza.
Pero cuando me encuentro a solas,
es cuando enfrento mis pensamientos, llegan purulentos, sedientos de dolor, a
beber mis lágrimas... me persiguen como una sombra, ecos de llanto y
desesperanza, me roban el aliento, me ciegan, me callan, me atan.
Algunos de ellos me llenan de
temor, otros no puedo concebir recordar. Trato de evitarlos, pero son sádicos y
regresan a cualquier hora para disfrutar.
Lloro a diario, con tus
canciones, insoportablemente felices. Me he perdido en tu recuerdo, en este
estado onírico, lejos de la verdad y sus heridas certeras.
Es tu ausencia la que llevo
siempre conmigo, junto a esta inmensa tristeza, sin librar batallas contra el
tiempo que me ahorca y me asfixia. En cada minuto, menos conciencia, más
ironía, menos calma.
Y si la risa es el reflejo del
alma, la mía ya ha partido. Escucho sus pasos entre salones y en mis sueños
sombríos, como un brindis al dolor, que celebra el llanto y disfruta en cada
quejido.
Una suerte compartida, una vida llena de alegrías, un abrazo eterno en el firmamento. Un adiós que se repite en coro, “te amaré por siempre”, “te amaré por siempre”, aunque dure poco mi vida, bastará para atravesar el silencio persistente.
¡ya es suficiente!, ¡ya es
suficiente!.
Iván Castro
10/02/2025
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